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¿Por qué no entran?

¿Y por qué me gusta cocinar sin mujeres alrededor? “Por toítas las razones”, que diría la copla, pero ante todo por una cuestión sentimental. El título del blog se lo debo a mi abuelo Antonio, uno de esos “buenos hombres buenos” de los que hablaba su tocayo Antonio Machado, poeta preferido suyo junto a Quevedo y Góngora. Mi abuelo Antonio se crió ligado a la mar, con un padre contramaestre de marina y posteriormente un suegro comandante,  y dedicó a ella toda su vida, primero embarcado jovencísimo durante la guerra, después subastando pescado en la lonja de Estepona, y por último llevando las cuentas de los pescadores a los que ayudó desinteresadamente hasta el mismo día en el que dejó de trabajar, adelantándoles cantidades de dinero que nunca más recuperaba o dando la cara ante bancos y prestamistas. Mi abuelo, debido a su trabajo, siempre madrugó más que los gallos. Solía despertarse sobre las cuatro, se preparaba un café negro, se duchaba y se afeitaba, se vestía y se iba caminando hasta el puerto, donde llegaba justo cuando regresaban de faenar los barcos más madrugadores que descargaban un pescado vendido inmediatamente mediante subasta holandesa,  es decir, empezando por un precio elevado y continuando a la baja hasta que un comprador para la subasta o se alcanza el precio de reserva, el mínimo exigido por el pescador para vender su mercancía. “100, 99, 98, 97, 96, 95…”, oía gritar a mi abuelo de manera casi ininteligible la única mañana que me permitió acompañarle al puerto, cuando me explicó en qué consistía su trabajo.  Ese día es uno de los que más y mejor recuerdo de toda mi infancia. Fue un sábado. Yo tenía establecido comer todos los sábados en casa de mis abuelos, costumbre que mantuve durante muchos años. Sabía perfectamente cuál era el trabajo de mi abuelo en su casa, ya que oía a los pescadores llamar impacientes a la puerta cuando llegaba el día de cobro, y los veía encerrarse con mi abuelo en el despacho del fondo, y a veces hasta me ponía muy, muy cerca de la puerta y podía escuchar los insultos de mi abuelo o el llanto de alguno que no tenía para comer y que iba a pedirle dinero por adelantado. Todo eso lo conocía perfectamente, y hasta me sabía sus nombres o sus motes.  Lo verdaderamente desconocido para mi era su trabajo por la mañana, no entendía bien eso de subastar al revés, porqué tenía que irse cada día tan temprano, porque trabajaba los domingos y los lunes no. Ir con mi abuelo al puerto a verlo trabajar era mi mayor deseo. El sábado que me dijo que la semana siguiente iría con él al puerto casi se me sale el corazón de la emoción, estuve toda la semana casi sin poder dormir, y el viernes antes del gran día me quedé a dormir en su casa y me acosté a las 7 y media de la tarde ya que tenía que madrugar tanto. La llegada al puerto fue ver los camiones frigoríficos con los motores en marcha, las luces de los faros, la quietud y la oscuridad y después el bar de los pescadores donde se concentraba la marea humana a esas horas. Mi abuelo me presentó a algunos que o me daban la mano o simplemente saludaban con un “Hola” todavía dormido. Hubo un trajín importante cuando anunciaron la llegada del primer barcoy sobre todos ellos uno que me llamó la atención porque tenía impreso en grandes letra azules PESCADOS HILARIO, con una dirección y la ciudad de origen, Madrid. “¿Tú sabes que en Madrid, que no tiene puerto, comen el mejor pescado de España?”, me espetó mi abuelo cuando le comenté, entre curioso y sabiondo, que el primer camión que se había ido por la mañana había llegado de Madrid. Como si él no lo supiera. “Mira, el hombre del camión de esta mañana es siempre el primero que llega y el que primero se va. Fíjate si tiene prisa que hasta deja la furgoneta arrancada. Y siempre se lleva lo mejor, ¿y sabes por qué? Pues porque no le importa pagar el precio que sea con tal de llevarse lo mejor, ya que a él también se lo van a comprar para venderlo más caro todavía. ¿Qué a quén se lo vende? Bueno, Hilario sólo lleva pescado para sí mismo, que tiene una pequeña pescadería en un barrio que se llama San Blas y que lleva su mujer, a quien llaman la Jurela; y yambién para un restaurante de lujo junto a las Cortes. Él lo vende muy, muy caro al  restaurante y en su pescadería lo vende a precios populares, aunque caros si lo comparamos con Estepona”.

Así que a eso de media mañana ya estaba, y nunca mejor dicho, todo el pescado vendido, y mi abuelo -quien normalmente regresaba a casa y se encerraba en su despacho a trabajar hasta la hora de comer, siempre liado con números, cuentas y recibos- se decidió a invitarme a desayunar churros. “Anda, aligera que hoy vamos a desayunar churros madrileños en el Manicomio. Pero primero pasaremos por casa para dejar estos besugos que me han regalado, y luego ya veremos qué hacemos con ellos”.

CONTINUARÁ….

¡Como echo de menos la mar!

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